13 febrero 2013














Arduo es dejar a un lado el gris de las paredes,
desperezar ante el rigor del cauce.
Cada rayo de luz,
cristal afilado hiriendo las dulces melodías,
cada gota de lluvia,
beso muerto anegando canciones traídas del pasado.

Cuando los avatares de las encrucijadas
perdieron su presencia despidiendo caminos
van las horas cayendo en un pozo sediento,
palidecen los días en campos desecados.
El semblante del niño se arruga con la noche
allí donde el encuentro con la esencia del hueso
se desencaja en busca de una entrada secreta,
donde los ateridos clavos de la nostalgia
se incrustan en la lápida de una tumba desierta.
Ya el ramo colorido del deseo
perdió su imperio, su sueño de platino
y un frívolo desfile de astillas incendiadas
se aviva con el viento de esta soledad hueca,
de este mundo cubierto por ceniza desnuda.
Ya no vuela la historia, ya no navega el tiempo,
sólo la seriedad del nudo entristecido
del silencio profundo pariendo semejanzas,
desazón enojosa descendiendo a la bruma
del explosivo, rígido punto final del cuento.

Intensa permanece la traba prodigiosa
(resguardado el aliento por la inefable vida)
a la invasión feroz de las ausencias.
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