25 septiembre 2016















En ese momento levantó un muro
con el barro y las piedras de todos sus inviernos,
saco a pasear rigurosamente la melancolía
y hasta donde los pasos le llevaron se mantuvo erguido,
luego dejó caer la capa protectora, 
su estruendo de silencio
y observó -siendo un papel en blanco-


Llovía de abajo a arriba,
se mantenían secos los tejados,
mudos los escalones,
quietos los carruajes, no había celebraciones.

Se hurgó en la resaca de vivencias
-que sabía contrarias a la muerte-
recuperó el dolor de la risa máscara
y un frío de despedidas acuchilló su calma,
le desgarró la camisa de fuerza.

Ciertamente aquel día de cristales furiosos
no llevaba un escudo de amor ni de nada sublime,
no había cielo posible,
sima negra pareciera su lecho.


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