13 marzo 2014















Volví a reconocer su luz fría,
su claraboya abierta a la nada.
Estaba allí, flotando como un hálito
en los pasillos del áspero hospital.

Hoy regresó a enseñarme sus alas
cuando el habla oscurece la presencia
y un no querer decir nada importante
se entremezcla con palabras rendidas.
Hoy se puso a mi lado, su susurro
me despertó al oído la memoria,
el hormigueo sin hambre en el estómago.

Ese corredor largó, gris y largo
con celdas, batas, focos en el techo,
esas enredaderas en las ruedas
de las camillas avanzando a solas,
con esa palidez de margaritas turbias
junto con la estridencia del silencio
adueñándose del patio de butacas.

Se va apagando el lloro con abrazos,
el aire espesa el respirar oscuro,
y desde su bandeja inoxidable
el bisturí de la soledad extrema
corta la espiga de quien no ha de encontrar
el camino de vuelta como nunca
supo entender tampoco el de llegada.
.