18 junio 2013











No soporto el silencio como antes,
ni el silencio del agua ni el de mi mismo,
pero sobre todo me resulta insufrible
en las desiertas noches de verano
y en las adolescencias repentinas.

Ya no estiro los brazos sin motivo
para abrazar el árbol de mi vida,
o de las vidas que me pasan cerca,
esas con las que a menudo me encuentro
en el sendero que bordea el riachuelo.

Y es que así, sin  quererlo, de repente
todo cobra un sentido sin sentido
y la burbuja explota a baja altura
cuando los ojos esperaban verla
ascender hacia el cielo lentamente.
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