18 junio 2012










Tras el visillo de la nostalgia
una inercia infecunda me cubre con su chal
y una hebra de tinta teje un nuevo vestido
alumbrando así un poema desalentado.

Aunque
una luna de invierno me retorna a tu isla
te veo como al pasado recorriendo su cauce,
preso de ese torrente que arrastra los crepúsculos
y fatalmente próximo al mar de los olvidos.
La reina del tablero avanza inquebrantable
sin saber protegerse bajo ruinas o sombra
y deja, poco a poco, la vida arrinconada
con una niebla fría cegando la llanura.
La brea de las antorchas se consume,
contadas veces vibran los tallos de los lirios,
mientras tanto para el resto del mundo
el campo de batalla es una obra de arte,
un obsequio a los ojos de la supervivencia.
Los lienzos apagados
revisten las paredes agrietadas y sucias,
y allí donde se enturbia la visión del presente,
recostada en el fondo del armario,
reposa solitaria la maleta de sueños.
Todo lo que fue escapa
con el viento de un tiempo que azota inexorable,
al volver cada calle sólo existen solares,
tiendas desocupadas, estantes desolados,
albores apagados y ceniza humeante.