17 mayo 2012















Amparada en su sudario melancólico,
con la risa por traje en primavera,
el rocío siempre a punto en la mirada
y girando en la noria del deseo,
nada hay más asombroso que la vida.
Una rémora íntima nos frena
pero puede descubrirse una fortuna
en las fauces del bosque penumbroso,
y es por ello que de cuando en cuando
corresponde abrir con desmesura
los ventanales de la casa de siempre
desalojando el polvo que los años
posó sobre los estimados muebles.
Luego… salir al llano, a las ciudades
donde luces y calles desperezan,
resucitar los labios con todas las estrellas
halladas en la noche del recuerdo.
Y es justo entonces cuando
conviene alzar la falda de la muerte
y complacerse en su culo pretencioso
antes que alcance a girar su rostro,
despreocupadamente,
como esperando con paciencia admirable
retornarnos al olvido infinito.

1 comentario:

Mayte dijo...

En las fauces de la ternura gira el infinito de tus palabras siempre.

Una delicia.

Besos!