22 enero 2011












Sobre la razón para el gozo

Hay una vertiente temporal que nos arrastra sin remedio con un movimiento imposible de interrumpir, aunque sí disfrazar con ilusorias metas, o mitigar procurando conseguir ser y vivir en presente; así, tal vez, es factible lograr abandonar el vacío del futuro en algún lugar alejado del pensamiento. Ejercicio éste, que de conseguirlo, al menos nos salva de obsesiones trascendentales.

Epicuro creía en el placer como principal fuente de felicidad y no le quito razón en la creencia, si bien esa es una felicidad tan efímera como el vuelo de una piedra lanzada hacia el firmamento, aunque, bien mirado ¡qué importa esa fugacidad mientras nos complazca!

El accidente casual por el que estamos vivos, suma de circunstancias irrepetibles, es algo irrelevante en el conjunto universal, aún así la permanente impresión de ser centro de todo nunca nos abandona.

Pero no se hace la luz mientras vivimos y ni siquiera en el momento anterior a cuando desaparece la conciencia de ser, en ese instante precursor del “no existir”, tampoco la clarividencia nos florece. Esto debiera revelarnos el verdadero significado del concepto de “infinito” referido a nuestra ignorancia; la existencia es una suerte basada en un inmenso fraude que nos hacemos a nosotros mismos estando, además, en nuestra desgracia, incapacitados para salir de él.

Así, la felicidad, sólo posible alojada en el instante, tiene como amenaza permanente el temor a la perdida, y ese miedo indeliberado es el provocador de su propio auto-canibalismo, de su propia destrucción intrínseca.

Llegados a este punto, el deleite y sus múltiples variantes se manifiestan como importante razón para encontrar sentido a todo. El gozo como principio y fin, lo primario asumiendo la labor de fortaleza o coraza protectora contra el sinsentido. Si el placer parece elevarnos desde la insignificancia hasta la plenitud del abandono a nuestros sentidos, su ausencia nos arrincona de nuevo en nuestra insuficiencia particular, en nuestras sombrías carencias.

A veces a uno se le ocurre un subterfugio tan vano como bienhechor. Sabemos que no es fácil dejar de especular con el intento de encontrar un remedio a la terrible desazón de la vejez existencial; pero, quizá sería posible acomodarse en el espigón más cercano sin otro objetivo que el de mirar insistentemente al horizonte o al mar, y así olvidar la temporalidad e incluso las ideas, sean éstas nihilistas, místicas, creacionistas o simplemente cínicas; porque desde ese espigón contemplativo pierde importancia la vorágine y se acrecienta el placer por la vaguedad, por el “nada hacer” hasta el fin.

La visión del tiempo que no espera, aventajando con su celeridad a la propia memoria y a la quebradiza voluntad, incapaz de mantener nada en el presente, es un proceso salvaje y sin doma posible capaz de someterlo. De hecho tan sólo existe una manera de cerrarle el paso: la muerte. Esa es el único medio para lograr salir de su camino interrumpiendo toda su influencia devastadora.

Sólo ese otro poderoso afán presente en el ser humano, la atracción por experimentar o aventurarse, consigue arrinconar la tentación de abandonarlo todo. La hipotética mano ingeniera parece que tuvo muy en cuenta este simple mecanismo de balanzas, posiblemente con el objetivo de mantener un equilibrio capaz de asegurar que el juego de la vida siga su curso.