04 junio 2011

1.-

Abrazado a su vómito sangriento se palpó la herida, una dentellada de acero bajo el raso cielo nocturno, al tiempo que una asombrosa serenidad lo inundaba. Escucho el sonido de la huída del cupé negro rasgando el asfalto y, de soslayo, vio a un peatón con andar indeciso ignorando su presencia.
-Pensó- las estrellas son palomas de Neruda, me aflora la muerte y viene sola, como la vida.
El aire le huía, le abandonaba dulcemente invitándolo a cerrar definitivamente los ojos sin solemnidad ni adioses.


2.-


Su risotada cayó como una losa al final de la cena. Lo miraron perplejos pero él, en vez de explicarse, saco impúdicamente la lengua y lamió la palma de su mano. Lograr atención no era cuestión de formas, él era el más imprevisible de los actores, loaban sus improvisaciones; así que, tras extraerlo de la cuenca, depositó su ojo de cristal en el hueco lamido y excluyendo la palabra ñoño, que odiaba, recitó sin errores las dos páginas de la letra ñ en el María Moliner.


3.-


…y pensar cómo cumplió su último ciclo: vaporizándose hasta hacerse visible en nube blanca, mudando el color a gris antes de la tormenta y tras precipitarse, gota a gota, formar parte del manantial hasta llegar al caño de la fuente donde rellené la cantimplora. Ahora, después del accidente, tan sólo es mi último trago bajo el abrasador sol de este implacable desierto.
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1 comentario:

Mayte dijo...

Estas palabras son un tesoro, gotas de belleza y sabiduría que resbala de tus letras siempre Robin.

Un abrazo!